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lunes, 2 de septiembre de 2013

Con los muebles de los pochoclos no

Finalmente vendí la casa. Podemos decir entonces que el padre de los pochoclos sentiría en su interior que “habría ganado”. O al menos podemos inferir que debería estar contento. Podríamos imaginarlo ahora haciendo un gesto, un movimiento con todo el cuerpo, los antebrazos pegados al tronco, los puños cerrados en alto, con la cabeza mira al sol y se ciega. Ahí está, podemos imaginarlo mientras cae de rodillas en el campo de juego, como en cámara lenta, rebota frágil en el césped, da un grito seco y corto. Podemos, si queremos, verle hasta las gotitas de sudor saltar desde la frente. “Vamos!” podría estar gritando, o un “Tomá, yegua!”. Ahora busca la cámara, le grita sacado al mundo como un Diego Armando en el 94. Hasta se le vuelve de un azul eléctrico la camisa.
 
Eso no pasó,  no. Aunque según sus reglas habría ganado. Ganó. Debería estar feliz. Recuerdan que está jugando a algo, no sabemos bien a qué, pero podemos conjeturar que debería sentir saciada la sed de venganza el día que los pochoclos y yo no viviéramos más en esa casa. ¿Querés que venda la casa? La vendo ¿Querés plata? Acá tenés plata. Enjoy, darlin.
 
Mientras se firma el boleto de compra y de venta, del otro lado del escritorio, cuenta una torta de dólares que nunca puso pero que igual se llevará, y aprovecha el momento para reprocharme –no me mira al decirlo, lo dice al aire, como si hablara con un hombrecito miniatura posado en su hombro- que no le pagara la mitad de los muebles que quedaron en la casa que habitan los pochoclos. Los muebles de los pochoclos!!! Un tele, dos camas, un sillón y una mesa. El resto -los lindos y caros- son de la casa de mi madre muerta.
Rata. Atino a decir. Suena más fuerte que nunca la erre. Suena como bala. Y se ofende otra vez.